Un día en la Ciudad de México
Un día en la Ciudad de México
Entrada personal.
6:05 a.m.
Se escuchan los motores de muchos vehículos de auto transporte público,
el camión entra y se para en el la puerta número dieciocho, un poco somnoliento
y con bastante frio logro bajar del camión y tomar mis maletas, delante de mí,
una enorme puerta y encima de ella un gran letrero que dice "Bienvenidos a
la ciudad de México". Al fondo, un altar a la virgen de Guadalupe, justo
detrás de ella un módulo de información y un módulo de seguridad.
La gente al rededor camina muy rápido, como si el tiempo se acabase, como si todos conocieran la
ciudad a la perfección, como si llegar a la ciudad más importante del país
fuera una cosa cotidiana.
Diecisiete años, sin conocer la ciudad, salgo con mis maletas después de
comprar un café en un puesto semifijo dentro de la central del norte. A primera
vista, a un no amanece del todo, pero la ciudad se mueve a montones, como si el
día y la noche no existieran.
Justo enfrente y al cruzar la calle que da entrada a la central, ingreso
a la primera estación del metro llamada "Autobuses del Norte".
Ingreso y me encuentro ante un espacio desconocido, observo a los demás, veo
que es lo que hacen, como se mueven, y así es como compro mis primeros boletos
de metro. Saco el mapa que llevo dentro de mi bolsillo y decido tomar al primer
viaje rumbo a Pantitlán; llego a la estación la Raza y me bajo enseguida,
de ahí transbordo a la línea tres rumbo a Universidad,
es aquí donde hago quizá el transbordo más largo a pie, en ello me encuentro
ambulantes vendiendo cualquier cosa, desde pan, café, juguetes, libros, collares
y muchas cosas más. Paso por el pasaje astronómico, una serie de túnel obscuro
que muestra parte de alguna galaxia. Ingreso nuevamente y tres estaciones más y
llego a Hidalgo, nuevamente vuelvo a transbordar ahora a la línea
dos rumbo a estación taxqueña; la gente va de prisa, sin mirar nada más que
el camino que les espera, algunas personas van de traje, algunos jóvenes con
mochilas, algunas madres con sus hijos y otros seguramente al trabajo, lo
cierto es que yo paso desapercibido, con ello, el temor y las suposiciones van
desapareciendo, la ciudad de México no es tan peligrosa como me lo dijeron;
nuevamente, tres estaciones más y llego a la estación Zócalo.
Estoy por salir y lo cierto es que no sé qué esperar de la ciudad, voy
al corazón de México, a la delegación Cuauhtémoc, a la capital del país, donde
se concentran los poderes máximos de la nación. Subo algunos escalones y la
primera vista es a palacio nacional; Majestuoso, impecable, lleno de historia.
A un costado, la gran catedral, justo enfrente, las oficinas de la jefatura de
gobierno. Son solo algunos metros de piso y se puede contemplar tanta historia
e historias por contar, una tras de otra, personajes y eventos, desde la
creación del México-Tenochtitlán hasta los más acontecimientos más actuales de
nuestra era, todo ello guarda y reserva la enigmática Ciudad de México. Se
siente, desde su olor, un olor a historia, su gente parece que lo olvido y
muchas veces pasa desapercibido. Se encuentran trabajando ya taxistas,
oficiales de tránsito, oficiales de seguridad, algunos puestos ambulantes; los
negocios comienzan a abrir y el turismo empieza a llegar. De pronto la ciudad
esta tan llena que no queda espacio para el vacío. Al centro de la plaza constitución
se encuentra el mayor orgullo mexicano, la bandera gigante de México oscila con
todo su esplendor con ayuda del viento [...]
Zócalo, Ciudad de México, 1948.

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